Convivencia e Identidad

La Historia de la Humanidad es un largo y accidentado camino hacia la convivencia. Civilizaciones, culturas, religiones, filosofías y ciencias, sistemas políticos y todo tipo de organizaciones han buscado un sentido y una forma de descubrir y establecer un orden para poder estar juntos, al menos sin matarnos, como la mínima expresión de la solidaridad. Y los logros han sido muchos. Los historiadores son muy conscientes de los enormes avances de nuestra especie en este sentido, y todos sabemos muy bien que queda un largo camino por recorrer.

Los nacionalismos han sido a menudo, y sobre todo hace ya muchas décadas, una legítima vía para deshacerse de yugos y dominaciones innecesarias y nocivas para pueblos con una historia y entidad cultural, económica y social sobradamente contrastadas. En la actualidad este tipo de situaciones se han extinguido casi en su totalidad, y somos testigos, en especial en Europa, de un curioso fenómeno en el que contrastan dos tendencias contrapuestas. Por un lado, hay una conciencia general de la necesidad de constituir un verdadero Estado Europeo que aglutine las naciones de la UE en un todo armónico y homogéneo en su heterogeneidad, para poder ser protagonistas en los siglos venideros y no meros comparsas. Por el otro, un afán de algunas zonas geográficas en erigirse estados independientes, viene generando ruido y controversia desde el inicio de este siglo no sólo en Europa – Escocia, Cataluña y Crimea por ejemplo, con grandes diferencias entre ellas – sino también en el continente americano, en el caso de Quebec, como exponentes más conocidos.

Probablemente todos busquen convivir de una manera más adecuada a sus intereses polarizados, pero qué duda cabe que en ninguno de los casos mencionados ese afán de independencia puede venir como respuesta a la opresión ni a la falta del respeto a los derechos humanos que, por poner un ejemplo icónico, fueron el origen de la revolución pacífica de la India contra la ocupación británica, consumada con la declaración de independencia el 15 de agosto de 1947.

La democracia seguramente sea perfectible, pero una cosa es clara: ningún sistema de organización política conocido en nuestra historia ha sido capaz de mantener un mejor nivel de convivencia y de progreso cultural, social y económico. Nadie puede negar solventemente esta realidad. Y es indudable que toda democracia – legítima – tiene su base en la voluntad popular. En el caso español, la Constitución de 1978 establece los principios en los que se basa nuestra democracia. Evidentemente no es una escritura sagrada inamovible y sujeta a dogma, faltaría más, pero tiene la suficiente autoridad moral como para merecer el respeto de todos los españoles, ya que el conjunto de los partidos políticos la refrendaron, partidos políticos elegidos por los ciudadanos de manera limpia y transparente, tras un referéndum histórico en el que la aprobaron 15.700.000 españoles frente a 1.400.000 que se opusieron a su aprobación: un 88 % de apoyo.

Claro que es legítimo, dentro del juego democrático, que tiene unas reglas claras como la ley, cualquier reivindicación que pueda suponer un deseo de independencia de un territorio, un aumento de su autogobierno , un fortalecimiento de la lengua propia y un largo etcétera. Lo que es del todo inaceptable e inasumible, y en esto cualquier etiqueta que se quiera poner es partidista, es plantear la insumisión a la ley porque no se adecua a tus pretensiones. Jugar sucio en la escena política es tergiversar los hechos, manipular los datos y la historia y desinformar a la población para conseguir unos objetivos que, si bien son legítimos per sé, quedan afeados por los medios que se utilizan para llegar a ellos. No está mal ser independentista, separatista o plantear que es injusto el reparto de competencias o riquezas; eso es legítimo y pertenece al ámbito de la política y del debate público, con toda corrección. Pero si por esta vía no llega usted a cumplir sus objetivos o pierde la paciencia porque el camino pareciere largo, plantearse que las reglas pierden validez y promulgar públicamente su incumplimiento es romper la baraja. Y el que rompe la baraja se convierte en enemigo de un logro que nos ha llevado todo el tiempo que dura nuestra historia como nación.

En nuestro país, desde las instituciones, no ha habido cumplida respuesta a este reto. No se ha sabido poner en valor la grandeza e importancia del logro que vino con la transición, ni se ha sabido honrar públicamente con la suficiente fuerza, claridad y contundencia. Esta es mi impresión. A su vez, las reivindicaciones nacional-separatistas tienen su origen en controversias de una naturaleza cualitativamente muy inferiores a aquello que quieren violentar por el camino, y esto es tremendamente injusto y perjudicial no sólo para Cataluña y España, sino para Europa como mínimo. Un ejemplo lamentable y, finalmente, un cuadro desconcertante.

La libertad, la identidad y la convivencia se conjugan perfectamente cuando se honra aquello que ha puesto los cimientos a los logros presentes. Es infantil e imprudente la manipulación de la historia, cuando menos, y en definitiva remite a la falta de autoestima última de quienes requieren inventar quién son, para proyectar quién quieren ser y hacia dónde quieren ir. Que medren con tan pobres mimbres denota una alarmante falta de visión y didáctica por parte de quienes deben ser portavoces de este extraordinario país llamado España, y que se han dedicado en los últimos lustros a coquetear con el nacionalismo para perpetuarse en el poder, poniendo en peligro lo que con tanto esfuerzo, talento y generosidad se ha conseguido antes de ayer. Dignos herederos de Maquiavelo, han hecho gala de un pragmatismo carente de ética y muy alejado de los valores que deben inspirar el auténtico progreso.

El Partido de la Ciudadanía es a mi criterio la única formación que esgrime en su ideario de manera inequívoca y coherente, firme y creíble, todo aquello que España necesita urgentemente y que nadie, siquiera tímidamente UPyD que arrastra el estigma del escisionismo y al que se une VOX a última hora, ha tenido el coraje de sostener sin fisuras desde hace 30 años.

Es por eso que mi voto, hoy como nunca, no me deja lugar a dudas. Votaré a Ciudadanos con todas las de la ley.

jaime trabuchelli

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