La camiseta… perdón: el sol de la mañana :)

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Parece ser que la selección española de fútbol estrena camiseta.

Parece ser que ciertos colores de la misma recuerdan a alguno a la que fue la bandera de España antes de la guerra del 36.

Parece ser que estamos hiper politizados. Es decir, padecemos como sociedad un mal llamado obsesión por los símbolos, por las ideologías de salón, por crear conflictos, debates, trifulcas por los motivos más nimios e insustanciales. Es decir, que parece que nos hemos querido abonar a la polémica. Estamos aburridos.

Con lo bonito que es sentarse cómodamente, realizar cualquier actividad con sencillez, sonreir, admirarse ante el sol de la mañana, dar gracias por respirar.

Con lo hermoso que es decirle a tu hijo que le quieres, preparar una sopa para las personas que amas o cantar una canción mientras caminas.

Sí, demos gracias por respirar sin dificultad. Hay muchas personas que tienen muchos problemas para hacerlo, tenemos mucha suerte. Demos gracias por tener agua para beber con un simple gesto. Por dar a un botón y tener luz, por tener una nevera que conserva a la perfección los alimentos. Demos gracias porque el sol calienta nuestro cuerpo y nuestras casas, porque la luna los refresca, porque la vida está llena de belleza. Porque el mundo entero trabaja para nuestra satisfacción, demos gracias.

Una persona inmensamente sabia me enseñó algo muy importante. Antes de alimentaros, pensad en todas las personas que han hecho posible que tú puedas comer, digamos, una ensalada: las personas que prepararon la tierra fértil, las que la regaron y cuidaron las plantas en su crecimiento, las que recolectaron los frutos, las que lo transportaron, las que diseñaron y construyeron los vehículos en las que fueron trasladados esos tomates, lechugas, cebollas… y así, un larguísimo, casi infinito etcétera. Ofréceles tu gratitud en silencio. El mundo está a nuestro servicio y nosotros estamos al servicio del mundo.

Hay tanto que agradecer… ¿La camiseta y sus colores? Vamos, por Dios…

 

jaime trabuchelli

 

Pfffff

pfff

47 millones de entrenadores de fútbol.

47 millones de presidentes del gobierno.

47 millones de hombres del tiempo.

Así somos.

Mariano Rajoy ha abierto una botella de champán que llevaba meses dando tumbos. Y ha hecho: pffff.

¡Cojones! ¡Tiene mérito! Yo no habría sido capaz.

En lo que llevamos de tema, un golpe de estado se ha saldado con cuatro garrotazos y algunas heriditas. ¡Leche! ¡Dónde se ha visto esto antes! Tiene un indudable mérito, aunque queden todavía capítulos por desarrollarse.

Si esto no es una acción quirúrgica que venga Dios y lo vea.

Lo he dicho muchas veces. Yo nunca he votado a Rajoy. Pero no tengo ningún complejo en afirmar – igual que antes no lo tuve en ponerle verde ante otras tesituras – que en este asunto se está desenvolviendo de manera admirable.

Algunos parece que le exigen que líe un cigarro mientras hace surf, cuando probablemente ellos no sabrían liarlo ni sentados en la toalla, bajo la sombrilla.

Señores: han declarado la independencia dejando ondear la bandera de España, abandonando sus despachos y obedeciendo pacíficamente toda instrucción salida del vientre de este 155 de seda firme implementando por la Cámara Alta a petición del Gobierno de España. ¡Hasta la indómita Forcadell ha abandonado su querida Presidencia del Parlament! Sin una palabra más alta que otra, sin tanques y kalashnikov rusos como alguno pronosticaba, si ni siquiera pataletas, arrastres ni expresiones malsonantes, acaso acaloradas. Un brindis al sol de libro. Bravo Mariano Rajoy, toda mi admiración. Es insólito.

Pero aún hay más: hoy anuncian que concurrirán a unas elecciones autonómicas convocadas por el gobierno de la nación al amparo del artículo 155. Toma Geroma pastillas de goma. Esto ya es el no va más.

Alguno estará aún reticente diciendo: “algo tienen preparado”. Bien. ¿El qué? ¿Escargots y cava en Bruselas en bancos corridos celebrando la independencia de la higuera, de la inopia, mientras Pugi recorta papeles en una silla como el abuelo de “El tragaluz” del bueno de Buero?

Aun en la muy improbable hipótesis de que alcanzaran una mayoría absoluta en Cataluña – Podemos (perdón, “Iglesias – Puede”), ya ha aplicado su 155 interno desbaratando la última posibilidad – lo único que podrían conseguir es acabar por mucho tiempo con la autonomía de la región, ahora sí, forzando la intervención de un Estado que tendría que ir más allá del archinombrado artículo. Y miren, al fin y al cabo, el catalán independentista parece que aún conserva un cierto pragmatismo que le salva al borde de la locura – no todos, evidentemente -.

Oigan, “pa´ habernos matao”. Y nada, un pffff.

TV3 tiene una oferta de la televisión por cable para cuando se les acaben los capítulos de “Humor Amarillo”.

Ahora bien, el problema real es qué vamos a hacer con cientos de miles de catalanes que tienen infectado el cerebro desde hace décadas con la particular “Formación del Espíritu Nacional” franquista en la que se han basado los popes del nacional catalanismo para el adiestramiento de sus minions. Digo yo que habrá que retirar la ponzoña panfletaria del ámbito educativo y mediático para conservar la salud intelectual y emocional de  nuestros niños catalanes y las futuras generaciones, amén de rehabilitar a las huestes y recuperarlos para el espíritu crítico. Y, oigan, si a partir de ahí alguno sale nacional catalanista, que sea por decisión propia y no por haber sufrido una deformación de la voluntad desde su más tierna infancia.

Lo dicho, Mariano ha abierto la loca botella de cava y ha hecho: pfffff. Olé. Lo celebro de todo corazón.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

El Paradigma Twitter

jaula

Darío Villanueva, Director de la Real Academia de la Lengua Española, nos avanza la definición de posverdad que incorporará próximamente nuestro diccionario:

“El potencial que la retórica tiene para hacer locutivamente real lo imaginario, o simplemente lo falso. Informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público.”

Difícilmente podemos encontrar un término que ilustre mejor la realidad actual del independentismo anti sistema catalán, el camino elegido para intentar dinamitar el Estado de Derecho que nos hemos dado todos los españoles, y por extensión, abrir una grieta de incalculables consecuencias en el mismo corazón de la civilización democrática moderna.

¿Porqué penetra en millones de personas esta ruptura perversa – por tergiversadora de la realidad – con los cimientos de nuestra convivencia?

Vivimos inmersos en el imperio de los sentidos. La televisión, la sociedad de consumo, el tsunami del ocio. Todo nos lleva a la satisfacción inmediata del impulso primario por obtener placer y evitar toda incomodidad, todo esfuerzo.

Paradójicamente cada vez trabajamos más horas, más rápido, con un nivel mayor de exigencia. Nuestros sacrificios, nuestras austeridades están canalizadas en nuestro rol como empleados, como instrumentos de una compañía que compite por sobrevivir y prosperar. Pero este esfuerzo no es el del desarrollo personal sino el del pensamiento único empresarial: todo está supeditado a la consecución de resultados, a la obtención del presupuesto anual.

Si a pesar de los pesares, del espeso, grueso valladar que constituye el materialismo imperante, alguien llegase a preguntarse con suficiente intensidad y frecuencia la gran cuestión del ser humano – ¿quién soy yo? -, como para hacerla consciente, inmediatamente se vería  en la obligación de cuestionar el motivo de todos sus esfuerzos. Esta es una tarea a la que muy pocos están dispuestos a hincarle el diente. Hace falta haber alcanzado una sólida madurez para compaginar la exigencia del día a día con el cuestionamiento, el discernimiento constante sobre el sentido de la vida, las prioridades, la naturaleza de lo real. Realmente, es suficiente combustible la necesidad imperiosa de sentido.

Esta misma barrera que impide el acceso a los altos campos de la filosofía, la metafísica, es la que abre la caja de los truenos de la posverdad. A ambos lados de este muro invisible se abren las amplias rampas de los falsos atajos, de la infatuación.

Por estas cuencas fluyen copiosamente las aguas residuales del independentismo catalán anti sistema, los Trump, Assange, Farage y demás tuiteros del estiércol.

El hombre tiene la posibilidad maravillosa de acceder al secreto de la vida, de dar satisfacción a los anhelos más profundos de su existencia. Sin duda, también tiene la opción de entregarse a los narcóticos brazos del cinismo y a satisfacer sus hambres inmediatas con el pienso fétido que derraman los tuiteros de la inmundicia.

Podemos escribir la historia de nuestra propia vida asumiendo el riesgo de ser libres o convertirnos en la pancarta de los popes de la codicia.

Para ello, es necesaria una buena dosis de dignidad, la suficiente autoestima como para convivir pacífica y felizmente con la propia soledad.

Mientras tanto, podremos intoxicarnos fácilmente con llamadas falsas al diálogo – pervirtiendo el término hasta su mismo numen -, reivindicaciones de democracia – como una voluntad cualquiera de de una horda ad hoc – o con un derecho a decidir tan vacío de contenido como el mismo concepto de la nada.

Una sociedad de hombres y mujeres genuinamente libres constituye un ideal digno de todos nuestros esfuerzos. En este camino es de capital importancia hacer pedagogía de la historia de nuestros logros, que las generaciones posteriores entiendan cómo se han conquistado los derechos y libertades que hoy hacen posible nuestra convivencia, nuestra prosperidad, nuestra paz. Los frutos están ahí, pero lo básico es la agricultura. Si no sabemos transmitir los valores que han posibilitado los cultivos, si no entendemos la raíz de lo benéfico, si no mantenemos encendida la tea, más tarde o más temprano arderán los campos.

Sin duda, no hay mayor legado ni mayor antídoto contra la ignorancia que una cultura comprometida con el bienestar de las futuras generaciones, que una sociedad entregada a la felicidad de los que no verá. La bondad sólo se nutre de sí misma.

 

jaime trabuchelli

 

La Estaca y La Estacada

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La infausta influencia del romanticismo alemán en el afloramiento de los nacionalismos explica a la perfección ese mundo paralelo en el que vive el nacional populismo catalán en nuestros días.

Está plagado de los matices que inundan este movimiento, con la transgresión de la racionalidad, la invención sentimental de una pseudohistoria que pretende explicar y dar realidad a aquello que sólo existe en el delirio colectivo de sus miembros.

La oposición al clasicismo, como si fuese el enrejamiento del sentimiento, adquiere una connotación, digamos, de épica figurativa, y convierte en “lucha por la libertad” la quijotesca embestida a los molinos del enemigo, llamado, por ejemplo, fascista.

Pero no. Eso ya no está. Hace mucho que no está. La estaca quedó, la cuerda se rompió – todos los españoles lo hicimos -, y tras esta superación real de la atadura hallamos, retraídos, abducidos, a los puigdemones que quedan observando la astilla, como el que mira al dedo que apunta a la luna…

No, ya no está la amarra, se deshizo el nudo, sólo un tiro al techo de fondo de alguno que quiso volverlo a amarrar. Pero ya no está. El eco del tiro se difuminó y nos hallamos de pie, intactos.

Este grupo de zombis, enajenados, mirando la estaca,  el cabo suelto, quedaron sin rumbo. ¡Qué harían ahora sin un enemigo que diera sentido a su aspiración! No podían aceptar la libertad porque sólo esa lucha llenaba sus corazones. Como el soldado que no se acostumbra a la paz, como las células que se reproducen compulsivamente, agolpándose tumorizadas, atemorizadas de sí.

Así que ahí andan los puigdemones, aún vagando, sin verdadero rumbo, blandiendo la estaca peligrosamente. Hoy la ha clavado en el pueblo español, para acto seguido, dejar en la estacada a sus colegas de borrachera. Pero ya no está, y se oyen ya, de fondo, los pasos firmes de la justicia. Una estaca anda suelta, en manos de un loco de atar.

La doble traición, al español, al catalán, el mismo drama de la dualidad.

Estira el cuello, Puigdemont, para cantar el último canto de Siset…

 

jaime trabuchelli

Soy un facha, un paria, un catalufo, un gabacho, un esquirol

oveja negra

Soy un rojo de mierda porque no me ponía la banderita en el reloj.  Ahora soy un facha de mierda porque llevo un llavero con la bandera de España.

Siempre fui un catalufo, un polaco asqueroso porque en el Pilar todos eran del Madrid y yo del Barça. También soy un facha de nuevo porque el independentismo anti sistema totalitario me parece una aberración.

Era un maricón, hace poquitos años, por cierto, por defender que un homosexual no es un enfermo sino una persona normal, no heterosexual.

También fui despreciado por decir que en Francia siempre me trataron exquisitamente, y no unirme al grito de gabachos de mierda. Igualmente me quedé sólo en tantas conversaciones por defender a tántos británicos que están espantados con el Brexit, a tántos estadounidenses horrorizados con la mala educación de su presidente, por defender la solidaridad de los alemanes para con Europa o la santa paciencia de los españoles.

Entre sindicalistas defendí a la buena empresa y entre directivos y empresarios al buen sindicalista.

Cataluña sin España tiene poco sentido. El camino es tan largo, tan común, tan entrelazado que cuesta entender esta alergia encendida, reciente. Poco hace que convivíamos con naturalidad, sin encono.

Todo comienza con uno mismo. Uno es el amigo, el enemigo. No hay otro en verdad. Albergamos los opuestos, la lucha interna, perseguimos la identidad inmaculada, el bien. Fallamos tan a menudo en nuestra batalla por la felicidad – quizá al convertirla en tal – que la tentación de externalizar al enemigo, objetivarlo en el otro, es un espejismo poderoso, un grande y falso alivio. Etonces llega el facha, el español, el polaco o catalufo, el gabacho, el yanki, el paria, el sudaca , la Pérfida Albión. De toda la vida, el chivo expiatorio. El primero fue Caín. En realidad, Caín y Abel fueron la misma persona.

Qué pérdida de tiempo el independentismo catalán, qué lujo superfluo, qué aberración, qué vacuidad. Habiendo tántos problemas reales por solucionar, tanta insolidaridad por resolver, tantas guerras por frenar y tanta pobreza que aplacar, venimos con el pasatiempo de la bandera y el discurso vergonzante del facha, del opresor… Habiendo tanto drama, esta gente del independentismo anti sistema quema sus naves por una quimera, por un paraíso tan falso como la honorabilidad de Jordi Pujol.

Este individuo que acaba despreciando a todo aquél que no se sume a su causa es producto de una sociedad que ha dejado de nutrir el bien, presa de una ilusión de progreso. Hemos abandonado peligrosamente el Ser.

No hay música sin silencio. No hay estar sin ser.

No nos enseñan a parar la mente, a oxigenar el pensamiento. Y perdemos la perspectiva, el criterio cabal, la noción de las cosas. Repetimos frases, pensamientos, ideas, consignas, sin reflexión alguna, sin hondura, sin sustancia.

Perdemos la habilidad de escuchar. Huímos del otro, incómodos, desasosegados, porque le tememos. Nos tememos a nosotros mismos ante todo, porque nos hacemos daño insistentemente, y nos hemos acostumbrado a la sangre de nuestras encías.

Renunciamos a nuestro poder, y estamos resentidos; lógicamente. Pero volcamos la ira en el otro, buscamos un reo, y no nos cuesta encontrarlo: el paria, el facha, el polaco, el gabacho, el esquirol.

Hemos abandonado la religión por paternalista, por falsa o por convencional, pero no la hemos sustituido por una búsqueda consciente de la verdad. El escepticismo indiscriminado, el cinismo, amigos íntimos de la pereza mental, han copado el pensamiento y son ya plaga.

Pero la buena noticia es que la esencia es buena e inmortal. Todo este barrasco es superficial. No resiste el análisis ni el tiempo; en realidad, no hay quien lo aguante y no se soporta.

El ser humano necesita amar, unir, estar en paz. Dormimos cada día, irremediable y pacíficamente. Todos respiramos y sólo hay un testigo de todo. Sólo hay un testigo de todo igual que hay sólo un espacio donde todo tiene lugar, un sólo tiempo en el que se despliega este relato infinito de la existencia.

En otro momento, en otra glosa dije que nadie conoce ya a sus dieciséis tatarabuelos, siquiera su nombre. Y hablamos de historia como si nos concerniera. Olvidamos irremediablemente. Pero a la hora de amar somos brillantes. Somos muy buenos uniendo, armonizando. Muy malos separando, odiando… siempre acabamos arrepentidos, avergonzados.

Entre todos debemos cumplir la máxima obligación que nos compete: recuperar la dignidad, el prestigio del ser humano. Y en esto, creerse mejor que el otro, que el diferente, es un obstáculo que hay que eliminar.

 

jaime trabuchelli

La nación y las croquetas

croquetas

No hay nada malo en querer independizarse, ni como persona, ni como nación.

Tampoco hay nada malo en ejercer el derecho a decidir, faltaría más.

Lo que ocurre es que, tanto a título individual como colectivo, ejercer el derecho a decidir la propia independencia, está sujeto, como no puede ser de otro modo, a normas encaminadas a respetar los derechos del otro individuo o del resto del colectivo. Una señora, madre de familia, – o señor y padre – no puede decidir independizarse de la misma y abandonar el vínculo emocional y económico que tuviera establecido. Necesariamente ha de hacerlo respetando los derechos del resto de la unidad familiar, siguiendo los cauces establecidos por el ordenamiento jurídico y en el espíritu de mantener a los más vulnerables protegidos ante las inclemencias de la desintegración.

Cierto es que el origen de las naciones se remonta, en última instancia, a hechos no muy amables, como la guerra, la invasión, la dominación en cualquiera de sus vertientes o simplemente la ocupación de un territorio. Larga es la historia de disputas para abanderar un espacio más o menos extenso, con un nombre y unas gentes, una cultura, unos bienes, una tradición y encerrar en el interior de las fronteras el poder de decidir sobre los mismos. La comunidad internacional y el ordenamiento jurídico de las instituciones internacionales protegen la independencia de dichas naciones y la preservan, salvo en casos muy extremados – y aún así – de las injerencias de otros estados o conjunto de estados. Cualquier movimiento separatista en el interior de dichas naciones es respetado a través de la ausencia de pronunciamientos al respecto por parte del resto de naciones e instituciones internacionales. La propia nación ha de decidir sobre su futuro y preservar su integridad o bien decidir su propia segregación.

Los estados modernos, con sus democracias y economías de mercado, no son perfectos. Aun así, históricamente, ningún otro sistema ha sido capaz de sostener la paz y la convivencia de manera tan eficaz. Sin niguna duda, el configurarse como estados de derecho, y como tales, girar en torno a una Constitución que marca las líneas fundamentales de su funcionamiento, es el hecho distintivo. Dicha Constitución es elevada al estatus de norma fundamental por la comunidad – nación – que se la da a sí misma para que rija todo conflicto de interés y garantice la paz, la convivencia y la prosperidad entre todos los ciudadanos del país. Todo el ordenamiento jurídico que se despliega a partir de la misma establece el funcionamiento normal de las instituciones y sirve como “red de autopistas” para que el tráfico de toda actividad fluya con orden y garantice la resolución de todo conflicto. La cualidad reflexiva, en el amplio sentido de la palabra, de todo este proceso y su resultado, es garantía de solidez, más allá de cualquier coyuntura.

Por todo lo anterior se dedude claramente que lo que está ocurriendo en Cataluña hoy, lo que se lleva fraguando durante décadas es un golpe del estado, sirviéndose del poder autonómico, al resto del país, España. Unas gentes residentes allí, algunos desde hace muy poco y todos, en términos históricos, pobladores recientes, se conjuran para hacerse con una parte de la península y romper cuentas con el resto. Para ellos, nuestra Constitución, aprobada en referéndum por una mayoría arrolladora hace cuarenta años , deja de tener validez puesto que es un obstáculo en su camino. Por supuesto, el cincuenta por ciento de catalanes – o más – que no se identifican con estas premisas, para ellos no cuentan, es decir, son tildados de traidores a la patria y contrarios a los únicos intereses legítimos moral, ética, política y económicamente que contemplan: los del independentismo anti sistema.

La falacia del derecho a decidir esgrimido por estos independentistas anti sistema – en adelante IIAS -, y que es muy importante distinguir de aquellos independentistas que buscan los cauces legales para dar curso a sus reivindicaciones, es una perversión del lenguaje, ya que esconde tras su mensaje populista la negación de ese mismo derecho a la inmensa mayoría de ciudadanos afectados por dicha reivindicación – más de cuarenta y tres millones de personas -.

Hacen mucho ruido. Tanto que ensordecen a la mayoría – una mayoría absorta en su día a día, en sus trabajos, sus estudios, su ocio, sus relaciones sociales – . Este colectivo ruidoso demuestra una pasión intensa, una emoción sostenida por la patria equivalente a la que demostraba el fascismo. Tienen mucho que ver con el espíritu falangista de antaño, con su idealismo, con su apelación a la emoción sublimada de la mencionada patria.

Pero la mayoría de españoles tiene un sentimiento más calmado, más racional y pragmático de la nacionalidad, alejado del sentimiento nacionalista. Tras los convulsos acontecimientos del siglo XX, parece que ha calado en el inconsciente colectivo la idea de que la exaltación nacionalista es un peligroso artefacto con una propensión a estallar nada conveniente. Es más, la polarización que conlleva el chovinismo funciona como un combustible altamente contaminante y conlleva un complejo de superioridad necesariamente innecesario y altamente nocivo, sobre todo a medio y largo plazo.

Esta mayoría silenciosa, que contempla su nacionalidad como un símbolo de bienestar, civilización, solidaridad y justicia, como un instrumento para insertarse pacífica y colaborativamente en la comunidad internacional, es poseedora de un sentimiento calmado y profundo, lejos de la ebullición de la fritura nacionalista. Son, somos, personas que sitúan sus anhelos en un paisaje que va más allá de unas fronteras, ya sean físicas o mentales, con una vocación filantrópica que huye de sectarismos de cualquier signo. Esta falta de pasión nacionalista, muy lejos de suponer un defecto o una carencia, es una muestra de madurez filogenética y un signo claro de aprendizaje tras los sucesos calamitosos del siglo pasado. Esta mayoría silenciosa se ha hecho a fuego lento.

Pero la mayoría del IIAS se ha hecho, fundamentalmente, a fuego vivo. Rápido, con prisa, sobre la marcha, reescribiendo día a día una historia ficticia, están crudos por dentro. En los criaderos de un sistema educativo al servicio de la quimera, de la reconstrucción de la realidad a la medida de un entramado de intereses espurios. De nuevo señalo la importancia de distinguir este IIAS del nacionalismo sereno, tan respetuoso a la legalidad como firme en sus reivindicaciones, bien encauzadas a través del amplio espectro de posibilidades que ofrece la vía política. Es con este último nacionalismo con el que se puede dialogar; la oferta de diálogo del IIAS es una trampa maliciosa, una mentira propagandística encaminada a confundir al espectador bienintencionado.

No debemos temer a este movimiento efervescente, ebrio, irracional. Posiblemente hagan mucho ruido, incluso puede que inicialmente parezca que cobran ventaja, que tienen más reprís. Pero el tiempo es amigo de la razón, del sentimiento reposado, del orden. No minusvaloremos la madurez que nos ha dado nuestra experiencia pasada y reciente. No minusvaloremos nuestra vocación europeísta, que es una identidad tranquila, solidaria, filantrópica, que huye de las tentaciones cortoplacistas y sectarias de los movimientos reaccionarios que surgen en tiempos de crisis y en los que se enmarca perfectamente el IIAS.

No pasará mucho tiempo hasta que veamos una nutrida ración de croquetas quemadas por fuera y crudas por dentro. Nada apetecibles.

 

jaime trabuchelli

Soy hombre; a ningún otro hombre estimo extraño

  1. España

 

La unidad subyacente a todo lo que existe es, desde la más remota antigüedad, una verdad intuitiva, tan evidente como el magnetismo irresistible de la mirada de un bebé, el instinto solidario en momentos de catástrofe o la complicidad universal con el impulso del amor.

La separación, la diferenciación, el conflicto, la fe en la diferencia, los obstáculos insalvables, los complejos de superioridad e inferioridad – inseparables compañeros -, han demostrado ser garantes de un sufrimiento crónico e inmemorial.

Todo el mundo tiene derecho a ser feliz, indudablemente. Es la aspiración humana por antonomasia, aún más, el principal impulso del universo. Para tal fin, sin embargo, el ejercicio del discernimiento y la renunciación son imprescindibles. Es tan fácil de entender… Uno se come un plátano desprendiendo la cáscara y disfrutando de su interior. Así, debemos pelar nuestra experiencia, descartar su cáscara, depositándola en el lugar adecuado y asimilar lo que nos nutre y hace crecer.

Dado el marco, me aventuro a dibujar en el lienzo.

España sale de una dictadura de cuarenta años y es capaz de realizar una de las transiciones democráticas más admiradas en el mundo, por su transición modélica y la capacidad asombrosa de generar un desarrollo económico que durante treinta años no ha conocido freno. En los diez años siguientes el país es capaz de remontar la crisis económica más severa desde la Gran Depresión – conocida ya como la Gran Recesión – y hoy lidera el crecimiento del mundo “civilizado”.

Cuatro grandes enemigos han atacado esta exitosa vía principal y han dejado heridas de importancia, aunque no han logrado quebrar el rumbo firme. El primero fue la reacción virulenta de un sector de la sociedad que prorrumpió en el Congreso de los diputados obligando a sentarse a un pueblo que se había levantado contra la injusticia del sometimiento a la fuerza. Una sociedad valiente y sensata ganó el pulso. El segundo fue un enemigo vil, atroz, implacable. El tiro por la espalda y el asesinato indiscriminado de las masas civiles. ETA ha sido vencida, de nuevo la sociedad española mostró la fuerza inexorable de las manos blancas. El tercer mal es una septicemia severa, que pertenece a todos y entre todos habemos de doblegar. Aún queda trecho pero el camino está iniciado: la corrupción a todos los niveles ha hecho tanto daño que la crisis mundial se ha cebado con especial virulencia en nuestro país. Dinamarca venció esta pesada lacra y nosotros lo haremos también. El cuarto es el que ocupa este puñado de palabras y nuestro presente más inmediato: la cogorza del independentismo anti sistema en Cataluña.

Muy acertadas me parecieron las palabras de Teresa Freixes, portavoz de la loable plataforma Concordia Cívica, cuando marcó la posición de la misma diciendo: “… ni tan siquiera somos antiindepentistas, porque es una opción político-cultural tan legítima como otras mientras no se fundamente en supremacismos o postulados antidemocráticos”. Cristalino. Ni ella ni yo somos pro independentistas, evidentemente.

Es grave romper la baraja de la convivencia. Es grave ejercer el matonismo sectario, la exclusión del diferente, negar la diversidad cultural. Lo que ocurre hoy en Cataluña es claramente una enfermedad autoinmune. Están respondiendo ante un cuerpo sano como se hace ante una enfermedad perniciosa. A destiempo, con la palabra fascismo y la palabra represión frecuentando las lenguas, sin darse cuenta de que hace cuarenta años que pasamos los tiempos del cólera. Es una inercia histórica tan desafortunada, tan ciega que se diferencia del independentismo sereno en básicamente todo. Esta cuarta plaga de nuestra historia moderna no puede acabar más que como lo hizo el vendaval de las drogas en los años ochenta: la decadencia, el desencanto, el reciclaje y el olvido.

Las risas y sonrisas que vemos en los cabecillas de la juerga independentista son como las de las borracheras del fin de semana de los adolescentes. Frívolas, inconscientes del alto precio que habrá que pagar después del subidón, insensibles a los verdaderos problemas de una sociedad muy castigada por la crisis, ciegos al consumo, a la dilapidación de una riqueza conseguida en el pasado con mucho esfuerzo y trabajo, esfuerzo y trabajo que hoy, ausente de los campos fértiles y volcado en Flandes, no está sembrando a futuro más que la ruina de la sociedad y las instituciones.

Al otro lado, una buena parte de españoles sueltan perlas de este calibre: “¡Que se vayan y nos dejen en paz!”, o “Al final lo van a conseguir por la dejadez del gobierno”. Tremendas insensateces. En el primer caso, olvidar a un cincuenta por ciento de la población catalana para los que ser españoles es enormemente más difícil que para el resto, supone un grado de estulticia y mezquindad de Guiness. En el segundo caso observo una falta de análisis importante. Independientemente del juicio que podamos hacer de la acción del gobierno ante el problema catalán, nuestras instituciones han demostrado funcionar en lo fundamental a pesar de los pesares y con todas las imperfecciones – muchísimas – habidas y por haber, y en circunstancias muy adversas. Distingamos las prioridades en momentos excepcionales y volvamos al detalle recuperada la normalidad.

Dicen que las enfermedades autoinmunes se originan en una falta de comunicación entre el sistema inmune innato y el adquirido, es decir, entre la reacción instintiva de supervivencia y la discriminada, más compleja y discernida del organismo. Al fin y al cabo, no saber quién es tu amigo y quién tu enemigo.

Catalanes independentistas anti sistema: ni España ni los españoles somos los enemigos. El enemigo siempre es el odio a lo diferente, ver lo ajeno como contaminación.

Publio Terencio Africano, en su obra “Enemigo de sí mismo”, puso en boca de Cremes grandes palabras: “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Unamuno dio su versión de la cita dando una dimensión aún más específica a su noble sentido: “Soy hombre; a ningún otro hombre estimo extraño”.

 

jaime trabuchelli

Creo

the crescent moon

The crescent moon: the universe smiles

 

No en vano, en la primera persona del singular del presente de indicativo, el verbo crear y el verbo creer se declinan de la misma forma. Es un hecho singular, que indica claramente cómo en origen, la creación y la creencia participan del mismo movimiento: la pura voluntad. Es un hecho muy relevante y digno de un análisis serio, puesto que en él está implicada la raíz de toda acción y la base de dimensiones tan poderosas como el tiempo y el espacio.

Es ya de sobra sabido por la ciencia que el mundo interior creado por nuestra actividad mental, por pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones internas, configura de manera determinante la realidad conocida como universo objetivo. Y lo hace hasta tal punto que el significado de la palabra “objetividad” queda suspendido en un espacio que no es capaz de distinguir entre externo e interno, puesto que no halla, a tal nivel de análisis, diferencia alguna entre ambos. Es decir, que traspasa la dimensión espacio – temporal, que queda contenida dentro de una realidad superior, evidente por sí misma y génesis de aquella.

Nuestra conciencia nos revela de modo insoslayable que cada noche que soñamos, viene seguida por un despertar que disuelve la realidad de los mundos creados en el espacio interior. No cabe duda de que nuestra voluntad actúa de manera instintiva en la ausencia de consciencia y de manera consciente, poniéndose de manifiesto dos ámbitos en los que opera: inconsciente y consciente. Pero, no es menos evidente que hay instantes de conciencia en ambos mundos que nos revelan la existencia del otro. Sin duda, podemos inferir sin posibilidad de error que aquello que nos revela la existencia de ambos se sitúa más allá de los dos. Esta identidad trascendente es el motor de todo impulso y el origen de toda creencia y creación.

Ahora bien, cada pulsación surgida de este ámbito de la conciencia, sufre una distorsión marcada por la calidad del receptor de la misma. Como el fuego de la fragua quema toda la escoria en el oro fundido, pero este mantiene su esencia intacta, estas traducciones, interpretaciones o proyecciones del impulso de la conciencia, no perduran en el tiempo, pues están inevitablemente ligadas a él y sometidas a la “oxidación” de su deporte. Morimos como los niños que juegan a policías y ladrones. Morimos en la imaginación de la vigilia y en la del sueño, por el vínculo creado y creído entre el ser y los sentidos.

La experiencia es la madre de la ciencia. Esta es una máxima que no es nada obvia según el escenario que se muestre ante nuestros ojos. Todo el edificio de la ciencia occidental se ha construido sobre el universo objetivo, y se ha dejado en manos de la filosofía el estudio del sujeto. Es decir, que todo el saber occidental – casi todo, dejando de lado la metafísica y la mística – se ha fundado sobre la creencia en la dualidad sujeto – objeto. Ciertamente esta dualidad se da, mas su existencia, llegado al punto del Amor, rompe los límites de la mente y el lenguaje común para entrar en el reino místico de la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia. Una locura a ojos de una persona común y, para los iluminados, la única realidad.

Lo cierto es que nos movemos impulsados exclusivamente por actos de fe. Nada observable es 100 % seguro. Utilizamos la inducción, la probabilidad de certeza basada en nuestra corta experiencia, para dar un crédito mayor o menor a las personas, a las cosas. Una base endeble cuando entramos en el ámbito del sentido de la vida.

Pero no nos educan para entrar en este ámbito con sosiego, con lucidez, con solvencia. Es más, nos educan para negarlo, para ensordecer, para dudar sistemáticamente de toda trascendencia. Luego nos abandonan en la angustia de la incertidumbre, y el sistema nos descarta como a un juguete roto cuando las circunstancias de la vida derrumban nuestras casas de paja.

Tenemos tanto poder que nos asusta, pues hemos creido en la realidad de un personaje aislado, desconectado del universo, indefenso y asustado, víctima de su propia infatuación. Sólo narcotizando los sentidos cree que puede mitigar esta identidad efímera su dolor, mas no hace más que prolongar la agonía de su propio engaño.

Hay salida. Indudablemente.

La conciencia envía impulsos, vibraciones, desde lo más profundo de nosotros mismos, que son cabos genuinos a los que agarrarse y revertir el proceso. Nuestra respiración es una salva continua, una prueba permanente de la conciencia, la experiencia de la creación, mantenimiento y disolución de todo lo manifiesto, así como la vuelta a lo increado, y más aún, a la realidad trascendente.

No siempre se ha excluido en la historia de la humanidad la realidad trascendente. Durante largas eras ha sido la base de toda la cultura, de una civilización armónica, donde todo cobra sentido desde su origen y todo está concebido para la paz, la armonía y la felicidad. Ahora, la gran mayoría, se aferra a la negación de todo ello, basándose en la ridícula experiencia de nuestra historia moderna, en términos cósmico – temporales.

Hoy tenemos la capacidad de registrar el conocimiento como no se recuerda otro momento, y con ello salvaguardar lo realmente valioso de la existencia. No estamos hablando de un libro, no estamos hablando de la psicohistoria de Asimov. Estamos hablando de nuestras vidas ayer, hoy y mañana, de los puentes entre la trascendencia y la temporalidad.

La filosofía perenne siempre ha mantenido acaso una llama viva. Mucho se perdió, pero mucho aún se conserva. Y mucho más podrá perpetuarse.

Om es el sonido primordial. Una sílaba ancestral. Una pista fiable. Una realidad trascendente que pulsa en el interior de cada uno. Un albacea de nuestro poder.

La insatisfacción que sobrevive a toda estimulación de los sentidos es un indicador perfecto, por omisión, de la ruta a seguir. Puede ser que se agolpen en nuestras mentes los ecos de los callejones sin salida que tercamente insisten en horadar nuestro cerebro y nuestro corazón. Pero más allá, nuestra respiración, nuestra conciencia, el impulso superviviente del corazón que lucha por su felicidad contra todo pronóstico, resurge una y otra vez por sobre la escoria decepcionante de los fuegos fatuos.

Somos los héroes, no los villanos.

Así ha sido siempre.

No creas a nadie que niegue tu grandeza.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

El camino recto y urgente

horizonte

Desde mi punto de vista el camino recto está muy claro. Pero para ilustrarlo, rescatemos ejemplos de la vida cotidiana, que siempre son los que arrojan más luz.

Estamos en una reunión en el trabajo. La mayoría queremos parecer muy listos, muy trabajadores, muy eficientes. A lo mejor lo somos o a lo peor no tanto. Entonces surge un término técnico en la conversación que se supone deberías conocer pero no lo conoces. ¿Preguntas abiertamente para disolver tu ignorancia aun a costa de no parecer tan listo, o esperas a que lo haga otro y quede mal, pero tú sigas pareciendo muy listo? Aquí encontramos un ejemplo claro de valores como: honestidad, valentía, humildad, coherencia.

Vamos a una tienda, compramos un artículo, pagamos con 20 € y nos dan vuelta de 50 €. ¿Lo decimos o nos vamos con el botín? Honestidad o corrupción.

¿Factura con IVA o sin IVA? Algunos se dirán: “Pues sin IVA, no te fastidia, estos políticos se lo llevan crudo, no les voy a dejar que se lo lleven más crudo aún”. Ese es el principio del desastre. Cuando no eres un motor de los valores sino alguien que actúa en función de cómo actúen los demás, sin criterio moral propio. Pues siempre con IVA señores, ¿hay alguna duda?. El que no paga sus impuestos – pudiendo – roba a los demás – sabiendo -. Generosidad y rectitud o mezquindad y degeneración.

Señores, esta es la base. A partir de aquí, elaboramos el discurso y podemos construir. Alguno dirá que es exagerado, que no es para tanto. La enfermedad empieza por un simple y minúsculo virus, por una microscópica bacteria. Pero esto es muy impopular, porque lo que se ha generalizado es la complicidad, una complicidad que nos está llevando a lo que el refranero explica de manera genial: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Nos debemos preguntar con toda honestidad si estamos en condiciones de defender el discurso del resurgimiento de los valores o estamos verdes para ello. Pero si la respuesta es esta última, nos debemos poner manos a la obra, porque es urgente. Son cosas sencillas que todos entendemos a la perfección, lo que ocurre es que la tentación de engañarnos a nosotros mismos es grande.

Por tanto, los valores son algo muy, muy concreto, que entienden los niños de tres años. Así que los adultos también.

Hace dos días tuve una conversación con alguien acerca de la necesidad de implicarnos todos en la actividad política, y no fui capaz de convencerle en absoluto. No hubo manera de hacerle entender que el compromiso político de las generaciones anteriores nos ha beneficiado en cosas tan importantes como la educación y salud pública gratuitas, la libertad de expresión, la integración de nuestro país en Europa y en el mundo, el gran avance en el respeto a los derechos humanos, y un largo etcétera. Que no es admisible la excusa “yo es que soy apolítico”, ya que en cuanto nos tocan el bolsillo con los impuestos, por ejemplo, o cuando nos quedamos sin luz o nos quedamos sin una biblioteca pública, ponemos el grito en el cielo y reclamamos, sintiéndonos con todo el derecho del mundo a recibir, sin dar casi nada a cambio. Pues no. Si usted decide eludir toda responsabilidad en la actividad política, usted no puede exigir que el sistema le devuelva los frutos que sólo corresponden al que ha trabajado por ellos. Es muy sencillo.

Así que basta de parlanchines de salón que no mueven un dedo por su país, por su región, por su ciudad, por Europa, por el mundo. Involucrense en algo, participen, asociense, movilicense, porque sólo con votar no vale. El sistema no va solo, los derechos y libertades no se alcanzaron de manera espontánea, sino que fueron, son y serán el fruto de aquellos que lucharon, luchan y lucharán por ellos, ayer, hoy y siempre.

Claro que nos representan. Pérez-Reverte lo dijo muy bien, alto y claro. Somos responsables como sociedad y como individuos, la culpa no es de otros, de la gente. Es nuestra.

La tarea es prístina: recuperemos los valores en nuestro día a día, seamos honestos, rigurosos, disciplinados, solidarios, tolerantes, amables, generosos… en fin, seamos como nos gustaría que fueran con nosotros, hoy y en adelante. Y traslademos esto a nuestra implicación social, política. Movilicemos nuestros valores dentro de nosotros y en nuestra comunidad. Esta tarea es urgente, insoslayable, ineludible, imprescindible, valiosa, bella, necesaria, extraordinaria y da sentido a toda una vida.

El que dude, se escaquea. No ha lugar a confusión.

Si algún partido político hiciese gala de estos valores, aun sin definirse ideológicamente en absoluto, y acompañara con un pragmatismo sensato esta sólida base moral, sería el fin del engaño de las ideologías.  Desde luego, es lo nunca visto. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Feliz verano.

 

jaime trabuchelli

 

Exégesis del Amor o la Revolución

El ser humano se debilita por su propio concepto de sí mismo. Del mismo modo se fortalece.

Uno es, originalmente, un lienzo en blanco. Es un misterio lo que hace que un impulso sutil de nuestra voluntad establezca nuestro destino, desplegando en el tiempo la multitud de efectos de esta causa, esta semilla volitiva lanzada al universo desde lo más profundo de nuestro ser.

Culpar, responsabilizar al entorno, al destino, a cualquier persona, animal, cosa o circunstancia de los avatares de nuestra experiencia constituye una claudicación, un paréntesis abierto en el ejercicio de nuestro poder, que nos lleva al sentimiento de desamparo, desolación y falta de sentido.

Hay un trabajo que nadie puede hacer por nosotros: asumir nuestro poder. Para ello es absolutamente imprescindible plantar batalla a ese pequeño tirano al que hemos alimentado durante tiempo inmemorial, el ego limitado.

La necesidad de un maestro para tamaña tarea es indiscutible, en cualquier forma que pueda asumir y que estemos dispuestos a aceptar. Esto viene, de forma natural, cuando madura el propósito.

Esta búsqueda original de la propia grandeza puede eclosionar impulsada por diferentes factores: el sufrimiento, el amor espontáneo, una experiencia particularmente intensa en cualquier sentido, un encuentro.

Vivimos una época, una era extrema. Extrema en creatividad y destrucción, velocidad, abundancia en todos los sentidos, movilidad, mutación. Unos hablan de que vivimos el momento más creativo, próspero de la historia, otros de que jamás hubo tanta destrucción. Quizá todos tengan razón. La efervescencia es impresionante, los acontecimientos superan toda previsión.

Del mismo modo que sólo un jinete extraordinario puede cabalgar un caballo salvaje, sólo la más grande virtud puede aplacar la convulsión desmedida de nuestra era.  Tan desconocido como adorado, tan desvirtuado por el común de los mortales como venerado por las grandes almas, el Amor reina supremo entre la tragedia y el éxtasis, entre el sufrimiento más atroz y la dicha más excelsa.

La vida tiene un sentido absoluto, indudable, incuestionable, grandioso. Por supuesto, podemos adentrarnos en él. Podemos descartar la herencia inmemorial del desaliento, de la indignidad, del olvido.

Esta, en realidad, es la única y verdadera revolución.

 

jaime trabuchelli