Creo

the crescent moon

The crescent moon: the universe smiles

 

No en vano, en la primera persona del singular del presente de indicativo, el verbo crear y el verbo creer se declinan de la misma forma. Es un hecho singular, que indica claramente cómo en origen, la creación y la creencia participan del mismo movimiento: la pura voluntad. Es un hecho muy relevante y digno de un análisis serio, puesto que en él está implicada la raíz de toda acción y la base de dimensiones tan poderosas como el tiempo y el espacio.

Es ya de sobra sabido por la ciencia que el mundo interior creado por nuestra actividad mental, por pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones internas, configura de manera determinante la realidad conocida como universo objetivo. Y lo hace hasta tal punto que el significado de la palabra “objetividad” queda suspendido en un espacio que no es capaz de distinguir entre externo e interno, puesto que no halla, a tal nivel de análisis, diferencia alguna entre ambos. Es decir, que traspasa la dimensión espacio – temporal, que queda contenida dentro de una realidad superior, evidente por sí misma y génesis de aquella.

Nuestra conciencia nos revela de modo insoslayable que cada noche que soñamos, viene seguida por un despertar que disuelve la realidad de los mundos creados en el espacio interior. No cabe duda de que nuestra voluntad actúa de manera instintiva en la ausencia de consciencia y de manera consciente, poniéndose de manifiesto dos ámbitos en los que opera: inconsciente y consciente. Pero, no es menos evidente que hay instantes de conciencia en ambos mundos que nos revelan la existencia del otro. Sin duda, podemos inferir sin posibilidad de error que aquello que nos revela la existencia de ambos se sitúa más allá de los dos. Esta identidad trascendente es el motor de todo impulso y el origen de toda creencia y creación.

Ahora bien, cada pulsación surgida de este ámbito de la conciencia, sufre una distorsión marcada por la calidad del receptor de la misma. Como el fuego de la fragua quema toda la escoria en el oro fundido, pero este mantiene su esencia intacta, estas traducciones, interpretaciones o proyecciones del impulso de la conciencia, no perduran en el tiempo, pues están inevitablemente ligadas a él y sometidas a la “oxidación” de su deporte. Morimos como los niños que juegan a policías y ladrones. Morimos en la imaginación de la vigilia y en la del sueño, por el vínculo creado y creído entre el ser y los sentidos.

La experiencia es la madre de la ciencia. Esta es una máxima que no es nada obvia según el escenario que se muestre ante nuestros ojos. Todo el edificio de la ciencia occidental se ha construido sobre el universo objetivo, y se ha dejado en manos de la filosofía el estudio del sujeto. Es decir, que todo el saber occidental – casi todo, dejando de lado la metafísica y la mística – se ha fundado sobre la creencia en la dualidad sujeto – objeto. Ciertamente esta dualidad se da, mas su existencia, llegado al punto del Amor, rompe los límites de la mente y el lenguaje común para entrar en el reino místico de la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia. Una locura a ojos de una persona común y, para los iluminados, la única realidad.

Lo cierto es que nos movemos impulsados exclusivamente por actos de fe. Nada observable es 100 % seguro. Utilizamos la inducción, la probabilidad de certeza basada en nuestra corta experiencia, para dar un crédito mayor o menor a las personas, a las cosas. Una base endeble cuando entramos en el ámbito del sentido de la vida.

Pero no nos educan para entrar en este ámbito con sosiego, con lucidez, con solvencia. Es más, nos educan para negarlo, para ensordecer, para dudar sistemáticamente de toda trascendencia. Luego nos abandonan en la angustia de la incertidumbre, y el sistema nos descarta como a un juguete roto cuando las circunstancias de la vida derrumban nuestras casas de paja.

Tenemos tanto poder que nos asusta, pues hemos creido en la realidad de un personaje aislado, desconectado del universo, indefenso y asustado, víctima de su propia infatuación. Sólo narcotizando los sentidos cree que puede mitigar esta identidad efímera su dolor, mas no hace más que prolongar la agonía de su propio engaño.

Hay salida. Indudablemente.

La conciencia envía impulsos, vibraciones, desde lo más profundo de nosotros mismos, que son cabos genuinos a los que agarrarse y revertir el proceso. Nuestra respiración es una salva continua, una prueba permanente de la conciencia, la experiencia de la creación, mantenimiento y disolución de todo lo manifiesto, así como la vuelta a lo increado, y más aún, a la realidad trascendente.

No siempre se ha excluido en la historia de la humanidad la realidad trascendente. Durante largas eras ha sido la base de toda la cultura, de una civilización armónica, donde todo cobra sentido desde su origen y todo está concebido para la paz, la armonía y la felicidad. Ahora, la gran mayoría, se aferra a la negación de todo ello, basándose en la ridícula experiencia de nuestra historia moderna, en términos cósmico – temporales.

Hoy tenemos la capacidad de registrar el conocimiento como no se recuerda otro momento, y con ello salvaguardar lo realmente valioso de la existencia. No estamos hablando de un libro, no estamos hablando de la psicohistoria de Asimov. Estamos hablando de nuestras vidas ayer, hoy y mañana, de los puentes entre la trascendencia y la temporalidad.

La filosofía perenne siempre ha mantenido acaso una llama viva. Mucho se perdió, pero mucho aún se conserva. Y mucho más podrá perpetuarse.

Om es el sonido primordial. Una sílaba ancestral. Una pista fiable. Una realidad trascendente que pulsa en el interior de cada uno. Un albacea de nuestro poder.

La insatisfacción que sobrevive a toda estimulación de los sentidos es un indicador perfecto, por omisión, de la ruta a seguir. Puede ser que se agolpen en nuestras mentes los ecos de los callejones sin salida que tercamente insisten en horadar nuestro cerebro y nuestro corazón. Pero más allá, nuestra respiración, nuestra conciencia, el impulso superviviente del corazón que lucha por su felicidad contra todo pronóstico, resurge una y otra vez por sobre la escoria decepcionante de los fuegos fatuos.

Somos los héroes, no los villanos.

Así ha sido siempre.

No creas a nadie que niegue tu grandeza.

 

jaime trabuchelli

 

 

 

El camino recto y urgente

horizonte

Desde mi punto de vista el camino recto está muy claro. Pero para ilustrarlo, rescatemos ejemplos de la vida cotidiana, que siempre son los que arrojan más luz.

Estamos en una reunión en el trabajo. La mayoría queremos parecer muy listos, muy trabajadores, muy eficientes. A lo mejor lo somos o a lo peor no tanto. Entonces surge un término técnico en la conversación que se supone deberías conocer pero no lo conoces. ¿Preguntas abiertamente para disolver tu ignorancia aun a costa de no parecer tan listo, o esperas a que lo haga otro y quede mal, pero tú sigas pareciendo muy listo? Aquí encontramos un ejemplo claro de valores como: honestidad, valentía, humildad, coherencia.

Vamos a una tienda, compramos un artículo, pagamos con 20 € y nos dan vuelta de 50 €. ¿Lo decimos o nos vamos con el botín? Honestidad o corrupción.

¿Factura con IVA o sin IVA? Algunos se dirán: “Pues sin IVA, no te fastidia, estos políticos se lo llevan crudo, no les voy a dejar que se lo lleven más crudo aún”. Ese es el principio del desastre. Cuando no eres un motor de los valores sino alguien que actúa en función de cómo actúen los demás, sin criterio moral propio. Pues siempre con IVA señores, ¿hay alguna duda?. El que no paga sus impuestos – pudiendo – roba a los demás – sabiendo -. Generosidad y rectitud o mezquindad y degeneración.

Señores, esta es la base. A partir de aquí, elaboramos el discurso y podemos construir. Alguno dirá que es exagerado, que no es para tanto. La enfermedad empieza por un simple y minúsculo virus, por una microscópica bacteria. Pero esto es muy impopular, porque lo que se ha generalizado es la complicidad, una complicidad que nos está llevando a lo que el refranero explica de manera genial: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Nos debemos preguntar con toda honestidad si estamos en condiciones de defender el discurso del resurgimiento de los valores o estamos verdes para ello. Pero si la respuesta es esta última, nos debemos poner manos a la obra, porque es urgente. Son cosas sencillas que todos entendemos a la perfección, lo que ocurre es que la tentación de engañarnos a nosotros mismos es grande.

Por tanto, los valores son algo muy, muy concreto, que entienden los niños de tres años. Así que los adultos también.

Hace dos días tuve una conversación con alguien acerca de la necesidad de implicarnos todos en la actividad política, y no fui capaz de convencerle en absoluto. No hubo manera de hacerle entender que el compromiso político de las generaciones anteriores nos ha beneficiado en cosas tan importantes como la educación y salud pública gratuitas, la libertad de expresión, la integración de nuestro país en Europa y en el mundo, el gran avance en el respeto a los derechos humanos, y un largo etcétera. Que no es admisible la excusa “yo es que soy apolítico”, ya que en cuanto nos tocan el bolsillo con los impuestos, por ejemplo, o cuando nos quedamos sin luz o nos quedamos sin una biblioteca pública, ponemos el grito en el cielo y reclamamos, sintiéndonos con todo el derecho del mundo a recibir, sin dar casi nada a cambio. Pues no. Si usted decide eludir toda responsabilidad en la actividad política, usted no puede exigir que el sistema le devuelva los frutos que sólo corresponden al que ha trabajado por ellos. Es muy sencillo.

Así que basta de parlanchines de salón que no mueven un dedo por su país, por su región, por su ciudad, por Europa, por el mundo. Involucrense en algo, participen, asociense, movilicense, porque sólo con votar no vale. El sistema no va solo, los derechos y libertades no se alcanzaron de manera espontánea, sino que fueron, son y serán el fruto de aquellos que lucharon, luchan y lucharán por ellos, ayer, hoy y siempre.

Claro que nos representan. Pérez-Reverte lo dijo muy bien, alto y claro. Somos responsables como sociedad y como individuos, la culpa no es de otros, de la gente. Es nuestra.

La tarea es prístina: recuperemos los valores en nuestro día a día, seamos honestos, rigurosos, disciplinados, solidarios, tolerantes, amables, generosos… en fin, seamos como nos gustaría que fueran con nosotros, hoy y en adelante. Y traslademos esto a nuestra implicación social, política. Movilicemos nuestros valores dentro de nosotros y en nuestra comunidad. Esta tarea es urgente, insoslayable, ineludible, imprescindible, valiosa, bella, necesaria, extraordinaria y da sentido a toda una vida.

El que dude, se escaquea. No ha lugar a confusión.

Si algún partido político hiciese gala de estos valores, aun sin definirse ideológicamente en absoluto, y acompañara con un pragmatismo sensato esta sólida base moral, sería el fin del engaño de las ideologías.  Desde luego, es lo nunca visto. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Feliz verano.

 

jaime trabuchelli

 

Exégesis del Amor o la Revolución

El ser humano se debilita por su propio concepto de sí mismo. Del mismo modo se fortalece.

Uno es, originalmente, un lienzo en blanco. Es un misterio lo que hace que un impulso sutil de nuestra voluntad establezca nuestro destino, desplegando en el tiempo la multitud de efectos de esta causa, esta semilla volitiva lanzada al universo desde lo más profundo de nuestro ser.

Culpar, responsabilizar al entorno, al destino, a cualquier persona, animal, cosa o circunstancia de los avatares de nuestra experiencia constituye una claudicación, un paréntesis abierto en el ejercicio de nuestro poder, que nos lleva al sentimiento de desamparo, desolación y falta de sentido.

Hay un trabajo que nadie puede hacer por nosotros: asumir nuestro poder. Para ello es absolutamente imprescindible plantar batalla a ese pequeño tirano al que hemos alimentado durante tiempo inmemorial, el ego limitado.

La necesidad de un maestro para tamaña tarea es indiscutible, en cualquier forma que pueda asumir y que estemos dispuestos a aceptar. Esto viene, de forma natural, cuando madura el propósito.

Esta búsqueda original de la propia grandeza puede eclosionar impulsada por diferentes factores: el sufrimiento, el amor espontáneo, una experiencia particularmente intensa en cualquier sentido, un encuentro.

Vivimos una época, una era extrema. Extrema en creatividad y destrucción, velocidad, abundancia en todos los sentidos, movilidad, mutación. Unos hablan de que vivimos el momento más creativo, próspero de la historia, otros de que jamás hubo tanta destrucción. Quizá todos tengan razón. La efervescencia es impresionante, los acontecimientos superan toda previsión.

Del mismo modo que sólo un jinete extraordinario puede cabalgar un caballo salvaje, sólo la más grande virtud puede aplacar la convulsión desmedida de nuestra era.  Tan desconocido como adorado, tan desvirtuado por el común de los mortales como venerado por las grandes almas, el Amor reina supremo entre la tragedia y el éxtasis, entre el sufrimiento más atroz y la dicha más excelsa.

La vida tiene un sentido absoluto, indudable, incuestionable, grandioso. Por supuesto, podemos adentrarnos en él. Podemos descartar la herencia inmemorial del desaliento, de la indignidad, del olvido.

Esta, en realidad, es la única y verdadera revolución.

 

jaime trabuchelli

 

Donald Trump o el gilipollas

Más allá de sus acepciones académicas -tonto, idiota, necio, estúpido -, el gilipollas es aquella persona que ha logrado instalarse en una forma de ser y hacer que sólo, en el mejor de los casos, resulta agradable o divertida a otros gilipollas.

Donald Trump es un gilipollas de libro. Técnicamente cumple todos los requisitos: inoportuno, desagradable, encantado de conocerse a sí mismo mientras los demás le huyen – evidentemente muchos se acercan al presidente, no a la persona -, ajeno a toda sutileza y desprovisto de toda tendencia a la profundización – excepto en su propia gilipollez -. Los gilipollas son olvidados tan pronto como resulta posible, ya que nada de valor se puede extraer de su legado.

Lo extraordinario es que millones de estadounidenses han creído oportuno votar al gilipollas. Y no es que se halla camuflado en la campaña, puesto que se ha mostrado tal cual en todo momento. Esta es otra cualidad de un gilipollas, el ejercicio constante, invariable, del arte de molestar a las personas de bien, a los bien educados. Colegir que millones de estadounidenses son igualmente gilipollas es una tarea harto difícil, pues se hace necesario conocerlos a todos; dicho lo cual, si la hipótesis se confirmase tras tan hercúlea tarea, el heróico investigador sólo conservaría las ganas de morir, si es que no hubiera muerto ya sin ganas tras el último ciudadano analizado. Uno no se hace antropólogo ni sociólogo para esto. Pero es que la democracia tiene estas cosas: la capacidad de llevarnos al desastre de forma metodológicamente impecable.

A veces el gilipollas prospera rápidamente. No tiene los frenos, los filtros o los escrúpulos de los no gilipollas, y eso hace que camine a menudo por una especie de vía rápida, de radial que le permite llegar antes – si no se estrella por el camino, claro está -. Seguro que todos conocemos a muchos gilipollas en las calles y carreteras de nuestras ciudades.

La vergüenza por la que están pasando millones de estadounidenses educados, corteses, amables, bien cultivados y de buenos sentimientos, no tiene precedentes. El ejemplar es único: un gilipollas perfecto. Empujar, insultar, importunar, despreciar, discriminar, fanfarronear, pavonearse, amenazar, vociferar, abusar, hacer trampas – ¿estaremos ante una etimología perenne? -, no queda ninguna característica por manifestar. Es más, seguramente podremos encontrar nuevas revelaciones en los atributos de la categoría observando en acción al ideal.

Se podría llegar a pensar que la imagen que la prensa traslada del individuo es premeditadamente la de un gilipollas. Pero lo cierto es que no podemos otorgar este mérito a la prensa, por mucho que les gustase, que seguro les gustaría, ya que ese aroma, ese algo indescriptible que define a los de su especie, impregna cada gesto, cada ademán de este Austin Powers newyorquino, nada newyorquino por otra parte – todos sabemos que los gilipollas son de un único sitio, aunque no sabemos bien dónde está -.

Evidentemente, debe haber un puñado de cosas que haga bien. Pero de entre ellas, sin duda, lo que mejor hace es el gilipollas.

La posverdad es mentira: el gatopardismo de Ciudadanos y Podemos

paradigma

Albert Rivera y su camarilla ostentan el indudable mérito de haber convertido Ciudadanos en el ejemplo perfecto de la posverdad. Este término tan de moda no es más un oxímoron que no necesita más que una palabra para configurarse, es decir, un término que alberga una contradicción en su propia semántica.

Lampedusa ya nos adelantó un gatopardismo que desglosaba aún el árbol genealógico de la mentira, para mostrarnos que el cambio podía evitarse vistiéndose de cambio.

No puedo dejar de sonreír cuando leo en las portadas de los diarios los titulares sobre el “Congreso” que ha tenido lugar el pasado sábado 4 de febrero de 2017 en Madrid – habrá muchos que lean este post mucho más tarde – y que ha constituido el apuntalamiento, en la base, manos y pies, y la transformación de lo que fue un proyecto lúcido y esperanzador, en otro oportunista, profundamente anti democrático y sobre todo, exento de valores desde su numen. Unas cabeceras destacan el giro hacia el liberalismo, otras el desmarque de la socialdemocracia y aún otras, un viraje al liberalismo progresista. Ratones.

Ni un águila a la vista que dé cuenta de lo que realmente ocurre, quizá porque a las que hay no les interese tal menudencia llamada Ciudadanos, que no es más que un nuevo decorado para una obra que se sigue escenificando con idéntico guión desde que este muchacho de Barcelona accedió a la presidencia de la formación por gracia del alfabeto.

Muy lejos quedan los aromas del espíritu fundacional, muy atrás los Azúa, los Espada, los Boadella; personalmente, doy por muerto el proyecto.

Y no por los giros que apuntan, muy ingenuamente, los diarios. Porque, como muy bien dijo Pablo Iglesias, Rivera no es de izquierdas ni de derechas, sino de lo que haga falta. Y él lo sabe muy bien, porque es exactamente igual. Tanto Rivera como Iglesias, uno desde el discurso de la sensatez y el otro desde el de la ruptura y la revolución, representan un paradigma idéntico: todo por el poder. Y por eso son la viva imagen de la posverdad, los mismos acuñadores del término y los dignos herederos de un PP y un PSOE que han venido a ser pioneros en el guión, mas ya caducos en el formato.

No señores, no. Ni liberales, ni socialdemócratas, ni progresistas los unos;  ni revolucionarios, ni izquierdistas, ni comunistas los otros. Ambos, oportunistas. Ambos, lampedusianos. Ambos, imagen viva de la posverdad. Y abandono ya un término que es como un ojo de cristal, que nunca fue ojo aunque quiera parecerlo.

Todos ellos saben a qué juegan, todos tienen muy bien interiorizada la consciencia de escenario y ahogan su conciencia en el pútrido estanque de la relatividad. Sólo en la confusión prospera la mentira. Un único paradigma imperante: la ausencia de integridad.

Todo el que se sitúe al margen del paradigma se encontrará ante la fuerza centrífuga de este status quo, que más tarde o más temprano acabará por derribar con tanta más fuerza cuanto mayor sea su ímpetu. Pero no para siempre. A su debido momento madurará el nuevo paradigma y caerá el teatro de la vergüenza. Quién sabe cuando.

América está inmersa en su nuevo lema: In God we Trump. Nadie está exento. Quizá estemos en el culmen de este paradigma de la perversión, del desprecio a los valores, al bien fundamental. Esto supondría un punto de inflexión que daría un nuevo brillo a nuestros ojos y un nuevo ímpetu a nuestra moral. Yo creo que ahí estamos. No puede quedar lejos el momento en que quede en evidencia la locura a la que hemos llegado, después de tantas lecciones que debimos aprender de la historia.

Giro liberal, progresista, socialdemócrata, revolucionario, reformista…. No se crean nada. La posverdad es mentira.

 

jaime trabuchelli

 

El charlatán

Afirmar que hay una sola manera de ser libre es toda una declaración de intenciones.

Albert Rivera no fundó Ciudadanos, ni tampoco redactó, ni siquiera ayudó a redactar, el manifiesto fundacional. Fue un conjunto de circunstancias, azarosas en buena medida – también acepto que fue el destino – las que le llevaron a la presidencia del partido al que se afilió allá por 2006.

Si mostró desde el principio buenas dotes de combatividad dialéctica; una gran facilidad para ordenar ideas y plantearlas de manera clara, prístina, con poco papel y una gran capacidad para defenderlas. Muchos le seguimos, convencidos de que encarnaba aquello a lo que daba forma con su discurso.

El último congreso de Ciudadanos no vino sino a ratificar formalmente aquello que Rivera escondía tras su discurso: una regeneración de bonsai.

El bonsai es un árbol al que se jibariza, al que no se le deja crecer sometiéndole a una disciplina férrea de podado y exigencias de forma, al que día a día se le da un aspecto a la medida de la imaginación del que lo fuerza.

Para Albert Rivera el militante es un proyecto de bonsai. Una mente que debe ser sometida al rigor de sus exigencias, al seguidismo más absoluto, al arte de aplaudir sin excepción. Las ideas que el barcelonés sostiene en su interior deben ser adoradas con ritos precisos, meticulosos e insoslayables. Del mismo modo, las mudanzas ideológicas deben también ser asumidas con naturalidad, pero eso sí, nunca antes de ser establecidas por el mutante primigenio. En definitiva, Albert, nunca se logró la libertad con un ejército de esclavos. Gandhi no logró la independencia de la India atemorizando a sus seguidores, sino inspirando un movimiento colectivo de dignidad individual, apelando a los valores que nunca franquició, sino que transmitió con franqueza y coherencia. Para beneficiar a la comunidad, uno puede ser el principio de algo, pero nunca su fin. Las grandes transformaciones son siempre una obra abierta, colectiva. Cuando uno representa el espíritu de una generación, aceptar la diferencia no lleva nunca al caos, sino a gravitar ordenadamente en torno una armonía de valores que confluyen en beneficio de todos.

Este chico hizo una foto de la Sagrada Familia y la confundió con la realidad. La mente tiene estas cosas: es la gran fábrica de espejismos, la gran artífice de la infatuación. Nos muestra el objeto de deseo con colores vívidos y toda suerte de detalles… y creemos haber hallado la felicidad. Cuánto lloramos después nuestro error, es la historia de todos los días.

Teníamos, tenemos, muchas ganas vivir en una sociedad amiga, construida en virtud. Queremos que nuestros hijos crezcan en una comunidad que sirva de alimento para todas sus necesidades, que conspire con todo aquello que deseamos desde lo más profundo de nuestra alma: solidaridad, prosperidad, honestidad, valentía, generosidad, y en fin, todos los valores que hacen a la vida digna de ser vivida. Para ello confiamos en la política como piedra angular del cambio, como canal que diera curso, cauce, a toda una corriente entusiasta de seres humanos dispuestos a trabajar, a entregar lo mejor de sí para el beneficio de la comunidad. Qué intención tan noble, tan grande, tan loable. Pero la sociedad no estaba preparada, ni nosotros tampoco supimos leer el signo de los tiempos. Por no saber, no supimos siquiera distinguir si nuestro líder representaba todo aquello a lo que aspirábamos. Y así nos fue.

Albert Rivera se engaña a sí mismo todos los días, construyendo castillos en el aire, sosteniéndolos con su soplido. Mientras tanto, una pequeña legión de porteadores pasean la imagen por las calles de los medios, barriendo sin contemplaciones a todo aquel que señale la artificialidad de la figura. Para ello evitan que los curiosos se acerquen más de lo necesario, ya que en la proximidad es inevitable desvelar el engaño.

El rey sigue desnudo, desde aquel cartel que lo anunciaba. Nunca ganamos el mundial del 82.

 

jaime trabuchelli

Los fundamentos de la civilización

ser-azul

Parece como si nos agarráramos a la democracia como si fuera la base de toda convivencia, la primera piedra del edificio de la civilización, el suelo que sustenta la evolución de la humanidad. Craso error.

Fiarlo todo a la democracia es como andar hipnotizados por el pentagrama, embelesados con la paleta, arrobados por la pluma, ignorando a la vez al artista y a la obra, al compositor y a la sinfonía, al pintor y al cuadro, al poeta y a la poesía.

La democracia per se no nos salvó del nazismo, sino que le sirvió de andamio. Tampoco nos ha protegido de los populismos perniciosos, empobrecedores de espíritu y  cosechas. Mucho menos nos ha protegido de la tiranía de las burocracias, de los arquitectos de una ley calculada para revertir el beneficio hacia sus propios canales de riego, y aún menos nos defiende de la tiranía de la justicia ineficiente y de los medios de comunicación secuestrados por sus mantenedores.

Me gusta la democracia, claro que me gusta. Me gusta una democracia basada en los principios que nutren una humanidad solidaria, que prioriza el bien común, que protege la verdad y que jamás da la espalda a los indefensos, porque consigue que nadie quede establecido en tal condición. Pero esta democracia, este tronco fuerte y hermoso, no es, por sí mismo, la base de la civilización, el numen de la convivencia. Hemos de tornar nuestra mirada a las raíces, a los valores, al destilado esencial de lo mejor de la condición humana: el anhelo genuino de una sociedad feliz, la renuncia a la perversión de la codicia, el respeto y el amor a todos como suelo, como cimiento, como aire en el que respirar.

Es desde estos valores, a estos valores, virtudes, principios, como los queramos llamar, a los que tenemos que agarrarnos como primer resorte, como primer paso, como primer aliento. Y no sólo. El hilo conductor, el cemento, los eslabones de la civilización han de estar formados de estos elementos primordiales.

Demasiado sutiles, demasiado etéreos para algunos, para muchos; quizá demasiado difíciles de enarbolar para otros, para muchos; demasiado en desuso para una mayoría. A la hora de la verdad, la virtud marca la diferencia en todo. En los tiempos actuales esta diferencia está clara: lo peor de cada casa está en el puente de mando.

El individuo es la esencia de la civilización. Desde el corazón del individuo se teje el infierno o el paraíso de los mundos, como el sol hace visible toda la manifestación. Todo el trabajo se inicia en el íntimo silencio de la soledad, en la reflexión, en los resortes atávicos de la pura intención. El Conde de Buffon lo expresó de forma bellísima: “El estilo es el hombre mismo”. Del mismo modo la filosofía india del Yoga habla del karma yoga como el camino de la acción desinteresada, del amor a la acción por sí misma. La simple generosidad habla de que uno está nutrido por su propio corazón, y por tanto cualquier acción desde este punto es en beneficio de toda la humanidad.

Sí, debemos asumir una meta más alta, más elevada, más noble, porque si no la tensión de la vida no es suficiente y acabamos hundidos bajo el manto de la miseria, de la apatía inercial, de la falta de propósito, de la decepción crónica. Sólo depende de una decisión, y esta decisión no depende de nadie más que de uno mismo. Ser uno mismo resulta en ser independiente, firme, alegre, determinado a ser feliz y a hacer felices a los que tenemos a nuestro alrededor. Todo ser humano alberga una grandeza inigualable, que exige la valentía primera de abrirle la puerta. Todo lo demás viene después.

Y después viene la democracia, pero una democracia con médula en sus huesos, no la osteoporótica actual, que no se conoce a sí misma y es pasto de roedores. Una democracia sana no es un barco sin velas ni timonel, mero casco. El arte de la navegación y el propósito del navegante, eso da sentido, velas y timón al barco.

Lo más obvio es lo primero que se pierde, como con la presbicia se nubla lo cercano pero permanece claro lo más alejado. Es así como pasamos a considerar motores a las ruedas, botellas a las fuentes y seres a los cuerpos.

Esa fuerza centrífuga llamada ansiedad, el estrés de nuestros días, se ha constituido en una capa espesa, de inusitado grosor, que nos aleja del núcleo una y otra vez, que desvía nuestra mirada de la verdad evidente del ritmo natural del ser. Una capacidad inconmensurable para retornar a la unidad original, para dominar la compulsión de la mente, yace en todos y cada uno de nosotros.

Cada ser humano funciona como la bolsa, digamos, de Nueva York. Cada uno de nosotros utiliza su Dow Jones particular; muy influenciado, eso sí, por el paradigma actual, por las creencias compartidas por una cultura fruto de un legado pero que se cocina día a día de nuevo, en cada casa, en cada ciudad, país y continente. Y en cada mente individual. Cotizan las ideas, los valores, las creencias. Una de ellas, básica, esencial, es nuestro propio ser, nuestra identidad. Quién somos cotiza, no lo duden, en nuestro propio parquet. Y el precio jamás lo ponen los demás, a no ser que lo permitamos. Lo cierto es que el valor es máximo, incuestionable, y toda fluctuación a la baja es perversión.

Sí, claro, democracia. Pero no a la deriva.

Felicidades por Ser.

 

jaime trabuchelli

 

La fragua, la leña y el fuelle

trump

 

La era de mayor prosperidad material de la historia, con mayores medios físicos e intelectuales, con el mayor volumen de información disponible, inimaginable hace décadas, con el mayor conocimiento disponible sobre nuestro pasado reciente y lejano, está dando un fruto paradójico, desconcertante: el auge del populismo zafio y ramplón, con toda su cohorte racista, insolidaria, agresiva, mezquina y vil. Las tendencias más negativas de la humanidad han conseguido llevar al liderazgo de la primera potencia mundial a su representante perfecto: un wasp tan astuto como carente de escrúpulos, tan ávido de poder como firme en su voluntad de amputación. El maniqueísmo extremo en la base de toda demagogia, la nula voluntad de diálogo travestida de falsas buenas intenciones en el mejor – o peor – de los casos, ahora lidera el mundo – ¿civilizado? -.

No deja de llamar la atención que un país que marcó tendencia en el último siglo haya seguido actualmente la estela de  Europa de manera acentuada y multiplicada. Mientras en el viejo continente surgían con fuerza a raíz de la crisis fuerzas populistas de todo signo – Francia, Grecia, España, Gran Bretaña… – uno de los presidentes más benéficos de la historia de EEUU se hacía con la presidencia de un país azotado por la Gran Recesión. Es más, Obama deja un país infinitamente más saneado enconómica y socialmente de lo que encontró en 2008, aunque a la vista está que las grietas de una cultura que no se sostiene a sí misma han sido finalmente permeables al linimento de la corrupción ética, en la base de todo populismo excluyente con tufo totalitario. El sustrato cultural e ideológico, el modo de pensar interiorizado por las mayorías, suponen finalmente una corriente de fondo superior a la coyuntura económica, mostrando que los presupuestos marxistas carecían de la profundidad necesaria para interpretar la historia moderna y no sólo incapaces de sostenerse en la praxis como bien demuestra nuestra historia reciente.

Pero no sólo las ideologías del S XX han demostrado su incapacidad para dar respuesta a los retos de nuestro tiempo, sino que la propia democracia también muestra de nuevo signos de desprotección frente a sí misma. Los riesgos del relativismo extremo de una sociedad desespiritualizada – si me aceptan el ‘palabro’ – hacen que la paz social, la evolución ética de la sociedad esté expuesta a los ataques impulsivos y compulsivos de las masas más ignorantes, para las que, al parecer, nunca falta un líder de discurso hediondo. Así que Donald Trump ha encontrado suelo fértil en unos Estados Unidos borrachos de sí mismos que le han apoyado de forma masiva. Por supuesto, estados como California y Nueva York, mucho más abiertos y cosmopolitas no han apoyado la aberración; es curioso observar como los estados abiertos a los océanos, más abiertos al mundo por definición, se han opuesto de manera casi unánime a la corriente reaccionaria.

¿Y ahora qué? Pues mucho me temo que jarabe de palo. Es el momento de averiguar si la sociedad mundial se diferencia sustancialmente de la sociedad que en el S XX no fue capaz de evitar los desmanes de la locura, y somos capaces de activar los mecanismos necesarios para protegernos de nosotros mismos. Es momento de averiguar si nuestro intelecto colectivo está en condiciones de discernir entre la prudencia y el racismo, entre prójimo y enemigo, entre dictador y líder auténtico, entre remedio y enfermedad.

A veces la ignorancia sólo se cura a altas temperaturas, del mismo modo que hay que fundir el oro para eliminar la escoria. Donald Trump ha prometido encender el horno, y la sociedad establecerá cuanta leña hace falta para abrir los ojos. Mientras tanto, démosle al fuelle del conocimiento para que no haya más leña de la que arde.

 

jaime trabuchelli

La antesala del pensamiento

Nuestra mente es un espacio infinito de libertad. Es tanta la libertad – toda – de la que disponemos a la hora de sembrar en ella – la mente – lo que queramos, que nos resulta realmente difícil asumirla.

Un niño crea incesantemente a voluntad todo aquello que su deseo espontáneo va generando. Su conexión emocional con el mundo es tan intensa que apenas distingue entre lo que está a un lado y otro de su mirada. La potencia de la experiencia de un niño es tan grande como la inmensidad que percibe más allá de su alcance.

Hemos creado una jaula de férreos barrotes desde la que observamos un mundo al que hemos cedido la mayor parte de nuestro poder.  De manera prácticamente inadvertida, hemos ido dando por hecho una serie de presupuestos limitadores, heredados la mayoría de ellos, y hemos depositado ese poder que nos pertenece dentro de los mismos, como si utilizásemos la mano propia para abofetearnos sin remedio.

Nos hemos conformado con tan poco… Vamos corriendo de un lado a otro constantemente, olvidando hasta el placer simple de respirar. Vamos saltando de un entretenimiento a otro, del teléfono móvil a la televisión, de la televisión al periódico, de la cháchara constante al agotamiento. Si paras en un parque a observar los árboles o el cielo, es probable que te consideren un loco o que simplemente piensen que esperas a alguien. No está de moda disfrutar de uno mismo.

Porque el mensaje subliminal que este mundo loco por consumir, por entretenerse, por huír del horror vacui, es que uno mismo no es suficiente. No basta ser. Poseer, tener, consumir, devorar, correr… La locura se ha normalizado.

Este es el problema, no hay otro. La falsa idea de que no basta con ser. La felicidad eternamente secuestrada.

La buena noticia es que esto es una gran mentira. Sólo ser es suficiente para la felicidad. El sabio del Tao Te Ching hace una poderosa pregunta: “¿Puedes disuadir a tu mente de su extravío y sostenerte en la unidad original?”. Una invitación en toda regla a recuperar tu propio poder y liberarte de las cadenas que uno mismo se pone.

La mente es un motor que funciona impulsado por ti mismo, guiado por ti mismo. El pensamiento es un poder que se nos otorga de nacimiento  y con el que jugamos la inmensa mayoría del tiempo como un bebé con un misil.

A lo largo de la historia ha habido millones de seres que han utilizado su pensamiento para liberarse de las cadenas, para sacudirse la limitación de sentirse pequeños y miserables. Casi sin excepción han sido tomados por locos.

Ciertamente la felicidad es nuestro estado natural. Detrás de cualquier atisbo de infelicidad se halla una noción limitante sobre nosotros mismos y el mundo. Y detrás de cualquier noción se halla nuestra libertad de elección, de pensamiento y acción. No hay excusa. Y es una grandísima noticia. Es un reto extraordinario que merece siempre la pena afrontar, día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo.

La experiencia de cualquier fenómeno no radica en el fenómeno en sí, sino en la interpretación que hagamos del mismo.

Desde lo más profundo de mi corazón, te deseo la felicidad más plena.

 

jaime trabuchelli

A fuego lento

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Desde que dejé Ciudadanos me faltan dedos en las manos para contar las veces que me han pedido sumarme a nuevos proyectos políticos. Nuevos proyectos bien intencionados que buscan dar una alternativa potable dentro de estos infectos humedales en los que se han convertido las formaciones políticas actuales.

Pero lo cierto es que me chocan las prisas en todos los casos. Siempre comento, además, que fundar un partido es como tener un hijo. Le das todo, te vuelcas, entregas lo mejor de ti para que prospere, crezca, se nutra, adquiera conocimiento y sabiduría y pueda enfrentar la vida con las mayores garantías, para que enriquezca el mundo en el que vive, pero no puedes esperar un retorno. No debes esperar que te corresponda, que te restituya lo dado, ni siquiera que te reconozca el esfuerzo, el amor. Porque lo que tiene valor en tu entrega es precisamente eso: lo entregas. Encuentras satisfacción en el mismo hecho, en el momento en el que lo haces, sin proyectar a futuro ningún deseo de retorno.

De modo que si fundas un partido, debes estar dispuesto a que te dé la espalda en cualquier momento. Este punto cero de generosidad no es algo a lo que el común de la gente, por muy bienintencionada que sea, esté dispuesta a aceptar. Aceptar esto significa que te entregas a un proyecto porque tienes algo que dar, que ofrecer, de manera genuina, y no porque tengas una necesidad de recibir, de ser reconocido o de cualquier otro tipo. Esto, es sumar. Si no, es restar.

En un partido político como Dios manda, sus miembros han de tener una formación muy completa. Cada uno debe cumplir la función para la que esté preparado, y todos deben estar preparados para comprender lo que significa estar dispuestos a gestionar las instituciones con solvencia, integridad y generosidad.

Es alarmante comprobar cómo prácticamente la totalidad de los políticos llegan a las instituciones sin saber cómo funcionan, sin conocer en realidad qué es lo que se espera de ellos, cuáles son los procedimientos, los reglamentos de las cámaras o consistorios… No están preparados para hacer su trabajo, y por tanto, el funcionamiento de las instituciones se resiente sensiblemente. Un partido político debe formarse y formar a sus miembros para que en el caso en que lleguen a representar a sus votantes en las instituciones, sean competentes para dicho desempeño. Muy lejos de esto, los partidos actuales dedican la mayor parte de su tiempo a conspirar entre facciones, a purgar disidentes o a establecer redes de adeptos. No digo que no sea necesario establecer una red de relaciones dentro de los partidos, formales e informales, para llevar a cabo proyectos, iniciativas o crear corrientes ideológicas – creo que es sano -, sino que esto no se convierta en una dedicación cuasi exclusiva en el día a día, ya que si no no queda tiempo para aprender a ser eficientes, a generar proyectos bien documentados, a relacionarse con la sociedad y sus representantes y a reflexionar sobre el propio desempeño y buscar permanentemente áreas de mejora.

Otra de las cuestiones que constituyen la piedra angular de un partido político como Dios manda es el establecimiento de una comisión de garantías independiente que garantice el cumplimiento de el espíritu fundacional de la formación. En las formaciones actuales, esta comisión es una burla. Convertida en instrumento de poder de la ejecutiva de turno, no es capaz de defender al afiliado independiente, sino que se dedica en exclusiva a dar soporte al oficialismo. Hay documentación profusa que evidencia esta triste realidad.

Así que fundar un partido político como Dios manda no es algo sencillo, exprés, coyuntural. Es una tarea muy seria que lleva mucho tiempo, muchos recursos, muchas personas muy bien preparadas y mucha, mucha reflexión. No es algo que pueda ‘montarse’ pensando en las siguientes elecciones, sino algo que debe amarse pensando en las siguientes generaciones.

Si en algún momento un proyecto de esta envergadura emergiese, me sumaría con mucho gusto, dispuesto a servir en la medida de mis posibilidades, y sin esperar más que el mero gozo de saberme embarcado en algo genuinamente bueno, con el potencial de beneficiar a mis tataranietos.

Sin prisa, sin codicia, sin afán de protagonismo. Con amor, con inteligencia, con valores, con generosidad, con esperanza, con paciencia. Como los buenos guisos.

 

jaime trabuchelli